Por José Luis Ibaldi - Mañanas de Campo
Quienes habitualmente hablamos o escribimos habitualmente, a veces tenemos la oportunidad de percibir hasta que punto alguien acepta con objetividad las opiniones que no coinciden con las propias. Todos están dispuestos a aplaudir cuando las ideas expuestas los complacen.
La libertad de pensar y de expresar implica la libertad de disentir y el derecho de disentir. Estos se corresponden a su vez, como el cóncavo y el convexo, con el deber de respetar, de tolerar al disidente y a la disidencia. Esta es la clave de la convivencia en las sociedades democráticas.
Vale recordar que ésta se concibe a sí misma como un sistema de convivencia fundado en el respeto por la personalidad del hombre, un sistema imperfecto pero perfectible, y ve en el disidente, en el que piensa distinto, al verdadero sujeto de la libertad. Por lo contrario, en un estado totalitario o en una institución totalitaria -sea ésta un partido político, sindicato, etcétera- que se supone a sí mismo perfecto en absoluto, el disidente es considerado un traidor.
En nuestro país, después tantos años de gobiernos de facto, de dictaduras, la llegada del estado de derecho y la instauración de la democracia, parece no haber logrado demasiado a nivel de convivencia. Venimos confundiendo el sistema institucional de la república democrática con las personas que transitoriamente actúan como órganos suyos. Con ellos cabe estar unido por una elevada idealidad militante o por una vulgar aparcería. El apoyo incondicional al que gobierna termina transformándose, tarde o temprano, en obsecuencia, y de eso ya ha habido bastante en los últimos 40 años. Y esto ha venido adornado con un extenso historial de corrupción, desidia, manejos espurios, muertes aun no resueltas como es la del fiscal Alberto Nisman.
No está demás remarcar que los gobernantes deben apoyarse en la virtud cívica y no en el coro unánime de los incondicionales. Por eso vale recordar la bella fórmula de la tolerancia que la historia ha recogido: “No pienso como usted, pero estoy dispuesto a dar mi vida para defender el derecho que usted tiene de pensar como lo hace”. Esta es la antítesis de la actitud reaccionaria de los totalitarios.
La intolerancia, el fanatismo, el sectarismo envilecen el espíritu y niegan la fraternidad de los iguales, como aquel energúmeno que durante la Revolución francesa vociferaba: ¡sé mi hermano, o te mato! El que quiera entender que entienda…
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